ATOCHA-AUSTERLITZ
Estimada La mala de la película,
Espero que esta carta le encuentre bien, en la medida de lo posible, en la medida de lo que usted considere es estar bien. La ventaja de dos desconocidos que se han leído mucho, sentados ante unos negronis, es que se pueden ahorrar la charla ligera, insulsa, las presentaciones tipo LinkedIn, el networking, el chit-chatting; el infierno es un anglicismo. Tiraba usted a matar, como la mujer de una canción de Christina Rosenvinge o como el Loco de la Colina, aunque el que fumaba era yo. Me pilló por sorpresa. De hecho, olvidé la cartera en casa. Las cosas no se me dan siempre bien, aunque últimamente estoy mejorando.
¿Recuerda que le dije que pensaba en huir? En ocasiones lo considero: cuando estoy triste, cuando me aburro, cuando me abruma la idea de tener que tomar decisiones. El problema de la vida es que, a diferencia de los videojuegos, no podemos simplemente dejar que el malo se nos lleve por delante y volver a la casilla de salida; el tiempo siempre está ahí empujándonos hacia la pantalla de Game Over. Por eso la fuga se me aparece de vez en vez, una búsqueda de la nada, como en los westerns, aunque con menos polvo, no se puede galopar en Oxfords. Me aburría en la oficina en una de esas tardes que se vuelven pastosas y propuse a una amiga irnos a Nueva York, y ya me veía de compras, entrando y saliendo de los teatros, empalmando martinis y solomillos con langosta. Después me pareció banal y me informé para ingresar durante una semana en un monasterio benedictino, lo que me pareció quizá místico o aburrido en exceso, así que organicé una ruta en coche por Inglaterra visitando las grandes catedrales, yo solo, como Thelma y Louise pero sin ninguna de las dos (tampoco contemplada despeñar el coche de alquiler por los acantilados de Dover, así que tal vez no tuviera nada que ver con Thelma y Louise). Finalmente, no creo que haga nada de todo esto.
Me preguntó si recuerdo la última vez que fui feliz. Es lo que le decía: disparar con munición real contra una persona que salió de casa con un florete. Sí la recuerdo, recuerdo muchas veces, algunas sorprendentemente recientes, con la misma nitidez con la que recuerdo la tristeza. La felicidad goza de mala reputación en esta red donde, tal y como comentamos, prosperan los mercaderes de la pena, plañideras de vuelo bajo y verbo en almíbar, pero creo que tenemos que seguir intentándola. Si no, como siempre, tiraremos de humor, pues me parece más elegante un poco de hate, que dice la juventud, que un mucho de lástima. ¿Usted cómo se encuentra? Supongo que los días que se alargan le traen el recuerdo de su querido verano: a medida que usted florezca a fuerza de salitre y sol, yo me marchitaré con cada grado que sumen los termómetros.
Atentamente,
Ignacio




Esto está pasando? Mi pareja favorita de todos los tiempos.
Se han juntado dos de los buenos