MORIR DE AMOR
¿Qué es morir de amor? La pregunta la formuló Miguel Bosé en 1980, o la cantó, pues quien la escribió fue José Luis Perales, que es un hombre con mucha maña en lo suyo aunque siempre vaya algo pasado de glucemia. La respuesta se la ha dado más de cuarenta y cinco años después una noruega desde el escenario del Gran Teatro del Liceo. Iba a decir, adoptando ese tono cursi de crítica musical española chusca, que el coliseo de la Rambla se vistió de gala para uno de los acontecimientos culturales de la temporada, pero la gente iba igual de mal vestida que siempre. Junto a mí se sentaba una de esas parejas que parecen no ser felices en occidente. Ella llevaba una suerte de poncho y una mochila verde, el verde de las hojas de la lechuga que, al contacto con el fondo de la nevera, se quedan adheridas a éste, un verde que no es esperanza sino tristeza. Ella se aburría soberanamente, como la mayor parte de espectadores de este teatro, porque la cantidad de ruido, toses, conversaciones, frufru de abrigo sintético, crujido de botellas de agua, papeles de caramelo, sonido de mocos, no puede ser sino el fruto de una profunda falta de interés. Mi vecina, al menos, tuvo la gentileza de dormirse, con lo que me ahorró la última hora de golpecitos con el pie, saltos en la silla, mimitos a su novio, que entiendo debía de llamarse Biel o Joel o alguna cosa así. Hace tiempo que lo digo, sé que no es la opinión más popular, pero si democratizar la cultura era esto, quizá sea mejor que simplemente echemos el cierre, lo quememos todo, y nos conectemos a TikTok hasta que nos dé un jamacuco. También estaban algunas de esas personas a las que tan solo se les conoce en la región por su condición de miembros de las corporaciones de medios públicas pero que pisan la moqueta como si fueran Mariona Rebull. No hay tanto en la creación que pueda competir con el tamaño del ego de un hombre de provincias.
Lise Davidsen. LA DAVIDSEN. La única mujer (junto a mi madre) por la que a día de hoy me subo a un avión. García de Gomar quiso anotarse el tanto de que debutara el rol de Isolda en Barcelona, y así ha sido, por lo que cabe felicitarse. La muchacha, que acaba de tener gemelos, ignoro si por el desajuste hormonal o por alguna lucha política mal orientada, tuvo el antojo de que la producción la llevaran solo mujeres (al menos al bueno de Ricardo no lo tocaron). En el foso pusieron a Susana Malki, que supongo hizo lo que pudo con los precarios cuerpos estables del teatro de la capital de la comarca de Barcelona, con una dirección musical pulcra, en unas ocasiones con unos tempi que nos hacían pensar que Susana no es muy de irse tarde a la cama, en otras con una sensación generalizada de barullo, pero siempre dentro de lo correcto, al menos para el nivel de exigencia local. Para la dirección escénica Bárbara Lluch, que ya se ocupó de destrozar La sonnambula hace unos meses. A Bárbara Lluch no se le conoce ningún talento más allá de ser la nieta de Nuria Espert, con lo que, como espectador, preferiría que fuera su genial abuelita quien le diese la paga, y no un teatro público que nos obliga a padecer una y otra vez su falta de imaginación, gusto y sentido del teatro. Nada hubiésemos perdido si la representación hubiese sido en versión concierto. Es más, Clay Hilley, nuestro Tristán, entiendo hubiese agradecido ahorrarse ese segundo acto en que parecía un híbrido entre el cantante de Camela y el de Mojinos Escocíos. A la Davidsen hay que darle todos los caprichos, incluso traerse a una señora a hacer de apuntadora desde Viena, como si quiere que cubramos el teatro de lonchas de salmón ahumado noruego, porque lo merece, porque a día de hoy es una de las pocas personas que me da ganas de seguir viviendo, pero si la cría lo único que pedía era que el director de escena tuviese vagina, al menos podrían haber contado con alguna de las muchas directoras con talento, como Andrea Breth, pues la nena de la Espert nos impidió además disfrutar de la magnífica producción que había hecho Alex Olle hace algunas temporadas. Quizá esa hubiera sido otra opción, hacer al de la Fura dels Baus transitar, aunque ahora ya es tarde para todo esto.
Las relaciones tóxicas, que le desaconsejo encarecidamente para el día a día, son tremendamente fructíferas para el ámbito escénico. Wagner, influido por la filosofía de Schopenhauer sobre el deseo y la muerte, escribió una obra que, desde el punto de vista musical, podríamos decir consiste en un acorde que tarda unas cuatro horas en resolverse. Desde el punto de vista de la trama, en el Tristán no pasa nada. Nada de nada. La acción siempre se ha producido antes del acto. No vemos la captura, ni el romance, ni el combate, tan solo sus consecuencias. Quizá por esto sea una de las óperas que más se parece a la vida, porque sin darnos cuenta vivimos en las postrimerías de un hecho singular, un momento, en ocasiones un instante, como los protagonistas; no vivimos en el acto, sino en sus consecuencias. Tristán e Isolda se enamoran porque ella, la hija de una aristócrata irlandesa que también es algo bruja, manda a su doncella a buscar el mejunge y ésta se confunde. En lugar de dejar a la muchacha terminar dignamente y envenenarse, envenenando también a su captor, les da un filtro de amor. A partir de ahí empieza el embrollo. A ellos no les va a quedar otra que quererse muchísimo (ewig einig ohne End') a pesar de que Isolda ha sido capturada por Tristán para casarse con el jefe de éste, el rey Marke. Desde el primer acto, cuando veo a la imponente figura de la Davidsen, altiva, impresionante, regia, imponiéndose a todo y a todos, sé que ha valido la pena bajar al pueblo. Se lo he comentado en otras ocasiones, pero creo que vale la pena recordarlo. Uno de los grandes misterios del arte de esta soprano es la emisión, un sonido que no sabemos de dónde sale: no entendemos su potencia imposible en el Und musste der Minne tückischer Trank o esos pianísimos que se perciben nítidos por encima de una orquesta las más de las veces pasada de volumen (algún día nos explicarán por qué en el Liceo Wagner se interpreta en un forte permanente, igual es que los músicos son sordos, lo cual explicaría tantas otras cosas). La Davidsen es, realmente, una Isolda de época, o al menos eso imaginamos al verla cantar con esa autoridad este rol. Ya me dio esa sensación cuando cantó el segundo acto en una versión concierto en Munich y se confirma ahora. Es nuestra Nilson, nuestra Flagstad. Ya llevamos muchas horas en el teatro, Tristán yace muerto, y como le decía, a Isolda no le queda ya otra que morir de amor, morir de amor por dentro, y arranca un Liebestod que quedará para los anales del teatro. Es, en mi opinión, uno de los momentos más geniales de la historia de la cultura, la transfiguración, la representación mística del credo de los filósofos que quisieron matar a Dios, y nuestra protagonista se abandona, sabedora de la imposibilidad de la culminación de su deseo, ante el amado muerto, fundiéndose con lo que Wagner llamó el infinito hálito del alma universal, höchste Lust!


Una amiga en común me recomendó leerte (a pesar de mis reticencias por la de escritos facilones que pueblan Substak, con todo ánimo de ofensa). Nuestra amiga tenía razón. Encantado de leerte.
PD: Las relaciones tóxicas son maravillosas para el día a día de los demás (quitando familia, amigos de verdad y vecinos). Dan leña para la escritura.
Articulazo!!