NI PAPA
La visita de su santidad a España ha tenido algo de noche electoral: ha ganado todo el mundo. En un gesto raro, el sumo pontífice habló en el Congreso de los Diputados, cuya presidenta, con un innegable talento para la perogrullada, recordó que es la sede de la soberanía nacional (ella dijo popular, pero bueno, ya conoce usted el nivel). Aunque evidente, también esto es excepcional teniendo en la bancada del gobierno a una asociación que hace tiempo que no gobierna. Para matizar este último punto, recientemente han afirmado que van a presentar presupuestos. Esta afirmación, de ser cierta, podría calificarse de milagro anticipado del que debería tomar nota Su Eminencia Marcello Semeraro en su Dicasterio para las Causas de los Santos, por si hay que empezar a preparar el dosier para la canonización de Prevost. En vista del nivel del parlamentarismo español, del que esta semana tuvimos un ejemplo con el elocuente intercambio entre Míriam Nogueras (“com veu Catalunya?”) y la respuesta del excelentísimo señor presidente del gobierno (“la veo bien”), ver a un hombre culto y educado articular un discurso adecuado para un público adulto fue algo así como un alivio. Al terminar, se produjo uno de esos momentos un poco festival de Cannes en que la gente echó a aplaudir y ya no sabían cuándo parar. Algunos exaltados gritaban viva el papa, que no deja de ser algo folclórico para los rigores que la sede parlamentaria solicita. Así pasaron siete minutos sus señorías, que tampoco es un mal empleo del tiempo teniendo en cuenta a lo que se dedican normalmente.
En los días que han seguido a este discurso, unos y otros se han reprochado no seguir su espíritu. La Iglesia es una institución jerárquica, como usted y yo sabemos, y aunque estemos en un país de mucho creyente no practicante, construcción extraña, al margen de la proverbial flexibilidad de la Iglesia, chirría un poco ese tratamiento del discurso que se ha hecho. Nuestros dirigentes, a ambos lados del espectro, han abordado la doctrina de Roma como un pollo, en que podemos elegir si preferimos la pechuga o el muslo, aunque en realidad haya que comerse el bicho entero, así que luce ridículo el esmero que han puesto los políticos de ambos lados del espectro en desmenuzar las palabras del santo padre para poder echar a su indigesta sopa las partes que se les antojaran más apetitosas. Esto me recuerda a una insufrible buena amiga que cuando va a un restaurante insiste en que le adapten la carta, sugiriendo platos inexistentes o proponiendo suculencias frankenstein en que el pato debería llegar acompañado por la guarnición de la merluza. La izquierda habla y con razón de las palabras del Santo Padre sobre la inmigración, pero ignora su defensa de la vida, y a los de la prioridad nacional, que parecen haber olvidado que la primera acepción de católico es “universal”, ignoran las alertas contra el nacionalismo identitario y se quedan con aquello que mejor les conviene. Quizá lo que haya dicho el Papa les dé un poco igual, que también es legítimo si tenemos en consideración la tan cacareada aconfesionalidad del Estado.
También ha sido la visita de León XIV otro hermoso escenario para la rivalidad Madrid-Barcelona. A mí Madrid me gustaba más cuando era cutre, qué quiere que le diga. No entiendo esta ciudad pop ni esa selección de artistas raros, todo es excesivo. Lo de Manolo Lama cantando los goles de la Iglesia en el Bernabéu es un ejercicio de creatividad teológica que hubiera sonrojado incluso a Pío Nono y la selección de artistas tenía algo de programa de José Luis Moreno. Me da la sensación de que la ciudad, a fuerza de buscarse, se ha perdido. En cambio, diré que la Cataluña de Salvador Illa se está reencontrando consigo misma. Más allá de la señora Nogueras cogiendo de la manita a su Santidad para pedirle en inglés que hablara en catalán durante la visita (hay gente que desconoce los límites del ridículo y el decoro, que pasan por no dar consejos al Sumo Pontífice) o del ministro Óscar Puente proclamándose agustino, tanto la visita a Montserrat como, y especialmente, la celebración en la Sagrada Familia, tuvieron algo de lo que habíamos sido y casi no recordábamos. Entraron Sus Majestades entre ovaciones en la basílica y disfrutamos de algunos de nuestros mejores talentos, como Juan de la Rubia o Josep Pons. Por lo visto unos cantores querían armarla con lo de la independencia (yo pensaba que esto ya no se llevaba) y cantar Els segadors enseñando banderitas impresas en folios, que viene a ser como decir que mis cositas están por encima de Dios y del sucesor de Pedro. Un tema de prioridades, supongo. También de saber estar.
Por último, ya en Canarias, vimos a Pedro Sánchez bendiciendo bebés. ¿Recuerda usted la escena del coro de los peregrinos en el último acto de Tannhäuser? Van apareciendo en la distancia, vuelven de Roma. Elisabeth busca entre ellos a su amado, pero no lo encuentra. Finalmente, desesperada, descubre que los pecados de Tannhäuser son tan graves que ni siquiera el Papa ha podido solucionarlos. Será la inmolación de la virgen y santa la que finalmente resarza al cantor de la vida disoluta que tuvo en el pasado. En este caso, no parece que ni la visita del presidente del gobierno a Roma, ni la del Sumo Pontífice a España, vayan a poder perdonar los excesos del hombre que dirige la nación. Zapatero, que es el padre moral e intelectual de la izquierda española moderna, dijo aquello de “ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”. Al presunto contrabandista le encontraron joyas por valor de 1,3M€ en el despacho. No sé si es poco o mucho, pero a mí me da que les hubiera ido mejor siguiendo a san Agustín cuando decía “la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”.



La metáfora del pollo es magnífica.
Tenemos una habilidad extraordinaria para convertir cualquier discurso complejo en un bufé libre de frases que confirman lo que ya pensábamos.
Y sobre Madrid, no estoy tan segura de que haya dejado de ser cutre. Quizá su cutrerío simplemente se ha vuelto más caro.
A ver ahora cómo escribo el jueves de esto mismo... Qué finezza.