SER DEL MONTÓN
Hay semanas en las que me gustaría hablarle de varias cosas y no sé cómo enfocar el tema. Ciertos textos se van cocinando lentamente, asuntos que, siendo en mi opinión pertinentes, no están anclados a un momento determinado. Otras veces, en cambio, la actualidad se impone y, claro, si le quiero compartir algunas reflexiones sobre el concierto de La Oreja de Van Gogh de la semana pasada pero a las cuarenta y ocho horas sale el presidente del Real Madrid a prenderle fuego al mundo, qué culpa tendré yo, así que me toca hilar fino para meter en el mismo espacio a Amaia Montero y a Florentino Pérez, con lo que las garantías de éxito son escasas.
Comí con mi sobrina la pequeña el jueves. La pobre me hizo el favor de ir al Fnac de Callao a recoger una caja con la integral de películas de Albert Serra que encargué por internet y le dije que la invitaba a comer al Rafa, que es de esos restaurantes a los que se podría ir una vez a la semana sin cansarse y la forma que tengo de mostrar mi agradecimiento. Le contaba lo del concierto de La Oreja de Van Gogh mientras el taxi subía por Alcalá y me dice que le parece fatal lo que Amaia le ha hecho a Leire. Para mi sobrina, que está en los albores de sus veintipocos, Leire es la cantante de La Oreja de Van Gogh, pero para quien aquí le escribe, que está en la treintena crepuscular, la voz algo cursi de Amaia sigue siendo la que me acompañó a lo largo de toda la adolescencia, con lo que agradecí, aunque no todas las notas estuvieran en su sitio, poder volver a escuchar La playa, 20 de enero o Muñeca de trapo con su voz original.
Cuando estaba el taxi a la altura de los cojones del caballo de Espartero, yo, un señor de derechas, con mi americana de cashmere en cuadros crema, beige y azul celeste, me descubrí girándome y diciéndole a la hija pequeña de mi hermana que no debíamos comprar el marco del heteropatriarcado. Pensar que esto es una rivalidad entre divas, entre mujeres, en lugar de una maniobra económica bastante sucia, del mismo modo que lo fue en su día el lanzamiento de la carrera en solitario de Amaia, es mirar el dedo e ignorar la luna. A los únicos a los que deberíamos mirar con recelo es a los señores que tocan los instrumentos detrás de ella, delimitando un ring por el que la donostiarra da tumbos con un aire de Mickey Rourke en The Wrestler. Sin embargo, una vez más, las críticas se ensañan con una mujer que afirma haber descendido a los infiernos, abismos a los que parecen quererle arrojar tantos (y, lo más sorprendente, tantas) comentaristas. Todo esto ahora que la hija de Veronica Forqué vuelve a hablarnos de otro infierno, en el que vivió y murió su madre. No tenemos vergüenza.
Al que no le han sentado bien las críticas en los medios de comunicación, es a Florentino Pérez. Lo hizo saber en una rueda de prensa esperpéntica, la primera en once años. Florentino (así le llamamos, no necesita apellido como tampoco lo necesita el rey de Inglaterra ni Dios) es el mejor presidente de la historia del Madrid, el padre del fútbol moderno y uno de los empresarios más visionarios del mundo. Por eso no entiendo que se comporte así.
Lo que más me molestó de la rueda de prensa, que fue un ejemplo de pésima comunicación de inicio a fin, es el deje machirulo, apoyado en la mesa como si fuera una barra de bar, “una mujer que no sé ni si sabe de fúbtol”, “habla tú, que estos son muy feos”, afirmando que se lo estaba pasando muy bien y yo diciéndome que debía de ser el único. Florentino, al comportarse de ese modo, nos puso al nivel de los demás, nos hizo del montón como señalaba con acierto Ignacio Sainz de Medrano en un comentario. Yo tengo que decir que me resisto, que no es así, que no somos como el resto.
Mire, si tanto nos preocupa la guerra cultural y la batalla por lo que queda de Occidente, nuestro camino no es el de la imposición ni el de la ofensa, sino el de la ejemplaridad y el de la seducción. Los hombres hemos hecho mucho y, viendo lo sucedido durante estos últimos días, lo seguimos haciendo, para que produzca un cierto alipori defender ideas como la masculinidad o la hombría cuando éstas se traducen en aprovecharse de una cantante crepuscular o tratar con desdén a periodistas por el hecho de ser mujeres. Si realmente hay algo que nos parezca que merece ser salvado, demostremos el valor que tiene, no seamos como el resto. Frente al insulto y la náusea, nuestro camino no puede ser el de mimetizar sus modos, el del populismo macarra, el de los canallitas desacomplejados. Nuestra victoria será sofisticada o no será, así que el jueves me fui a cenar a Horcher, dejé encargadas unas camisas en Burgos, paseé por el Madrid de los Austrias, porque, lo siento mucho, no somos como el resto. De hecho, no somos ni parecidos, nosotros no perdemos las formas.


El problema es que mucha gente confunde perder las formas con “ser auténtico”.
Nunca debemos perder las formas, da igual la situación o a quien tengamos enfrente, nosotros no.
Los demás que hagan con lo quieran.