DESORIENTACIONES
El otro día me sucedió algo extraño. En París ha estado haciendo un calor terrible, violento, una temperatura que parece achicharrar el tiempo y ralentizarlo dejando una ciudad aletargada y agonizante. El hedor de las basuras y los hábitos higiénicos de algunos de sus habitantes nos hacen pensar en los últimos capítulos de La muerte en Venecia y, aunque intenté refugiarme en la belleza, tengo que reconocer que Matisse no es para mí. Tras pasar más tiempo del necesario en la exposición que dedica el Grand Palais a sus últimos años, descubrí a un hombre con un talento excepcional para diseñar las cortinas de ducha que la gente compra para el apartamento de la playa y poco más. Saint Laurent dijo que gracias a él descubrió el color. También es cierto que Saint Laurent tenía unos hábitos de consumo de determinadas sustancias que seguramente le ayudaron a ver las cosas desde otra perspectiva. No quiero ponerme muy beligerante con este tema, porque sé que el equivocado soy yo y probablemente en unos años me caiga del caballo y me termine emocionando ante unos helechos fluorescentes cortados y pegados sobre un fondo blanco, quién sabe. Todo esto para decirle que como en casa no hay quien esté, lo que suelo hacer los fines de semana es despertarme pronto e ir a leer al parque.
La zona más oriental del Parc Monceau, desde donde se ve la fachada trasera del museo Nissim de Camondo, es la más fresca. Me siento en un banco y leo durante algo más de dos horas, corren en círculos los fantasmas de vidas pasadas, y ahí me quedo hasta que el cuerpo empieza a sentir que el frescor se evapora y la tierra comienza a heder. Fue en ese momento cuando el otro día me levanté del banco y eché a andar hacia la salida, salvo que no reconocí el parque. Caminaba muy despacio y todo era distinto. Me parecía estar en una zona que no había visto nunca, y avanzaba durante metros y metros sin conseguir identificar dónde me encontraba, atrapado en ese parque nuevo que parecía haber brotado a mi alrededor mientras leía. Finalmente encontré la salida y volví a mi casa a comer una ensalada de judías verdes con bonito.
En dos semanas tengo que ir a Madrid a recoger unos documentos. Estaré poco más de veinticuatro horas, lo justo para ir a la Feria del Libro y cenar en Horcher, o no. Resulta que Horcher cierra desde el ocho de junio hasta septiembre por unas obras en el edificio ajenas al restaurante. Este es el tipo de contrariedad que me echa por tierra las ilusiones. Ayer ardieron las calles de París porque el equipo de la ciudad, financiado con el mismo dinero que Hamas o Al Qaeda, ganó otra vez la Champions, y mientras escuchaba las explosiones en la plaza de al lado de casa pensaba que al menos podría cenar en diez días en uno de los últimos bastiones de aquello que en su día conocimos como Europa. Miro listados, recomendaciones, rankings, y me aburro. Siguen estando algunos restaurantes que me gustan mucho, pero casi todo lo que ha ido apareciendo corresponde a un Madrid que yo no viví, ese que quiere parecerse más a Londres o París, excentricidades instagrameables, decoradores con apellidos compuestos, cocina fusión, sushi castizo, gastronomías regionales reinterpretadas para el gusto de la metrópoli, y yo me veo ya sentado ante una mesa sin mantel con un camarero tuteándome que me explica cómo el chef reinventó los gazpachos manchegos que hacía su abuela después de su viaje en bicicleta por Japón mientras le doy vueltas en la copa a un vino natural llamado La bastarda valiente, un monovarietal de listán negro que iría mejor sobre unas hojas de lechuga.
No sé todavía dónde cenaré dentro de dos semanas, pero sí que le puedo decir que cuando vi esa lista sentí la misma desorientación que en el parque. Se me va a hacer larga la espera hasta septiembre y no espero que usted lo entienda, pero son muchas, cada vez más, las veces en que no busco la aventura ni la sorpresa, que suelen rimar con la decepción, sino la tranquilidad de saber que París arde, que lo de Oriente Medio no tiene pinta de mejorar, que España tiene a un antiguo presidente del gobierno acercándose a prisión, que podemos perderlo todo si unos pocos toman las malas decisiones, pero que al menos podremos cenar unos arenques a la crema, que los Spätzle llegarán en sus bandejas de estaño, que habrá salsas espesas, de las que ya no se estilan, con nombres de condes salidos de la corte de los zares, el brillo dorado de las patatas soufflées, que los crêpes suzette necesitan de un tiempo de preparación que ya solo existe en unas salas donde el servicio no va cronometrado, la ilusión infantil de ver aparecer el Baumkuchen. Hasta entonces, cuando nos permitan volver, pues saldremos a ese mundo inhóspito de cocineros con mucho que contar sin nada que decir, a riesgo de quedar algo desorientados.



Que bien Ignacio, me encanta leer que, como yo, hay personas a las que les gusta comer en Horcher.
En mi caso, como el de muchos pensionistas que nos hemos acostumbrado a los lujos que ya no nos podemos permitir, en mi caso digo, solo puedo ir dos veces al año cuando cobramos la paga.
Si hay pensionistas en este foro, seguro que saben que el mes de junio es uno de esos meses mágicos en que, con la paga, podemos hacer parte de la magia que practicábamos en el pasado.
Así que, Don Ignacio, me acaba usted de joder el día (con perdón) con esa noticia que me ha dado de que cierran hasta septiembre.
Pues no se que voy a hacer, yo le pongo mucha voluntad a las cosas y a atrevido no me gana nadie. Tan es así, que hace unas semanas fuimos a un restaurante de campanillas, situado en un palacio del barrio de Salamanca, por el que un señor mexicano ha pagado 50 millones de euros.
La cifra me impresiono y me dije, si alguien se gasta ese dineral en acondicionar un palacio y convertirlo en restaurante, la comida tiene que ser la pera.
Pero no, no fue así, la cocina regulin, pero lo que nos impresiono desfavorablemente a mi mujer y a mi es que, retirados ya los platos, apareció una señorita bajita con un trapo chorreando agua y le dio un fregado a la mesa que tardo casi diez minutos en secarse.
Como no nos atrevíamos a poner los codos en la mesa, esperamos estoicamente a que la mesa dejara de chorrear, pedimos la cuenta y , como en el soneto de Cervantes “ Incontinente, calo el chapeo, requirió la espada, miro al soslayo, fuese, y no hubo nada “
Hay nostalgias que entran por la memoria, y otras, más peligrosas, por las papilas. Esta pertenece sin duda a la segunda categoría
El calor pasará, y tantas otras cosas pasarán...pero lo que hemos vivido, eso, no pasará.
¿Podría conformarse con ir a Alcotán? No digo que vaya a olvidar a Horcher, pero mientras tanto…